Hay algo de absurdo en el Día de la madre, en ese endiosar mujeres que tienen hijos.
Ninguna mujer sabe lo que le espera cuando queda embarazada por primera vez, y es interesante recordar que embarazarse es una posible consecuencia de fornicar con un hombre. Embarazarse es generalmente producto de una calentura y de la unión entre un espermatozoide y un óvulo, una cosa que sucede involuntariamente sin que la mujer en el momento se entere, sin que se dé cuenta. El hombre a veces no se entera nunca y dicho sea de paso, se estima que la cantidad de energía que gasta en “fabricar” ese espermatozoide que fertiliza el huevo de la mujer es equivalente a la que libera cuando suelta una flatulencia, la misma que cuando se larga un gas.
Las mujeres gastamos mucha más energía durante la creación de ese óvulo y muchísima más energía si ese óvulo es fertilizado. Son nueve meses de embarazo que para lo que viene después se convierte, pasado un tiempo, en algo anecdótico. Nueve meses de orinar cada media hora, sentir que revientan las costillas, sentir náuseas cuando te acercan un poco de manteca o un pescado al horno, o andá a saber qué es lo que te va a dar asco…Nueve meses de preguntarte muy adentro tuyo si lo que llevás en tu vientre es un ser humano u otro animal, quién sabe, en todo caso llega el día en que parís y entonces pasa lo que a Alicia en el segundo tomo que escribió Lewis Caroll: “Through the looking glass” (“Alicia a través del espejo”), porque efectivamente pasás a vivir en otra dimensión, te marchás a otro país y tu viaje no tiene pasaje de retorno.
Y ahí arranca tu segunda vida, haciendo lo que podés, como podés. Los primeros meses la naturaleza te da unas cuantas hormonas que pintan tu mundo color de rosa y cuando ves a tu bebe y sentís su olor te inunda una felicidad solo parecida a estar enamorada. A veces falla y todo ese color rosa se torna en un verdoso color parecido a la mierda, te vienen los poéticamente llamados “baby blues”, -la lengua sajona siempre nos salva de lo gris, nos libera de tener que decir “depresión post parto”-. Y ahí empezás a ver que eso que llevabas adentro no es tan diferente de aquél animal con el que fantaseabas. Simbólicamente ya empezabas a entender que estabas sitiada para siempre.
El animal demanda, pide, grita, jode, te tortura un poco cuando le das de mamar, cuando te pellizca, te araña, te agobia, te agota, te rompe los tímpanos. Te tortura también psicológicamente, cuando empezás a saber lo que realmente es el miedo, el pánico. Pánico de que te lo roben, de que le peguen, de que lo pise un auto, de que se ahogue, de que sufra. Ese pánico que atraviesa tus ojos como una ráfaga de horror en su más pura expresión y que es hermano directo del amor. Personalmente, -y eso que soy una mujer relativamente sana-, empecé a sufrir “intrusiones mentales”, que son una versión light de las obsesiones. Dicho de otra manera, las obsesiones son versiones exageradas de las intrusiones mentales. Se trata de ideas o imagenes violentas, tristes o negativas que aparecen en tu cabeza sin que las puedas controlar. Si yo sentí todo eso no quiero ni imaginar lo que la maternidad les dispara a las mujeres que en sus “vidas pasadas” no la tuvieron tan fácil como yo.
En ese lugar a través del espejo también te colocan un par de nuevos anteojos, con los que aprendés a mirar el mundo de otra forma, y empezás a ver –por todos lados, todo el tiempo- niños que no la pasan bien, bebes que no la pasan bien con madres que no la pasan bien. Niños que no tienen el color de las mejillas que deberían tener ni la mirada que deberían tener. Otra vez el horror por tanta fragilidad, otra vez el pánico. Y pasan los meses y los años y ya estás metida en una noria de la que no te podés bajar ni en pedo y de la que no bajarías nunca por alguna razón imposible de entender, es como si alguien hubiera reconfigurado tu pequeño cerebro.
Te cambia la cara, la boca, los hombros, te cambian por supuesto las caderas y los brazos y te vas volviendo un monumento de mujer que se caga de la risa cuando aparece alguna psicóloga –por supuesto sin hijos- hablando de la “calidad” de tiempo que hay que pasar con los niños. A ver, manga de boludas que se ponen a escribir manuales instructivos sobre la “calidad” de tiempo con tus hijos: tal cosa no existe. Estás con ellos o no estás con ellos. Cuando una mujer está con sus hijos, generalmente un hijo está en la computadora, otro está rompiendo o ensuciando algo y la madre está hablando por teléfono o bañándose o en la cocina. Esa es la realidad de la vida, eso es una familia. A veces surge una charla inteligente, a veces hay algún episodio conmovedor, memorable digamos. Pero la vida con los hijos es una mezcla de gritos, portazos, y conversaciones del estilo:
-Salí de ahí
-Esperá
- No espero nada, salí de ahí ahora
-No
-Salí o te vas a la cama
- Tú te vas a la cama mamá
Y así transcurre la vida de la madre, defendiéndose como puede de sus hijos, tratando por todos los medios de adaptarse a esa nueva existencia, algunos días con más éxito, mejor dicho algunos instantes con más éxito- ese milisegundo cuando entra una luz divina amarillenta por las ventanas y tu hijo te mira o se ríe o dice algo genial, o lo ves soñando con algún lugar del cielo- y otros días más difíciles, más tormentosos, esos días en que le tironeás del pelo o lo encerrás de mala manera en su cuarto o en el baño completamente exasperada, derrotada, vencida, hecha puré. Días y días. Haciendo lo que podés, como podés y asesinando lentamente a tus otras mujeres, a la puta irresponsable, a la demente que prendería fuego la casa, a la depresiva, a la que fuma cantando “Cadillac solitario”… Las vas matando poco a poco, cosa que duele. Y mucho.
Entonces, a ver, día de la madre. Una no nace madre. No es cierto que cuando nace un hijo nace una madre. No. Vas haciendo las cosas como te salen y como podés. Es muy difícil y no siempre una da todo lo que querría dar. Muchas veces salen monstruos, manos que no acarician, miradas muy lejanas de la dulzura. Muchas veces y aunque no lo diga nunca, las madre se arrepiente de tener hijos. Hubo una mujer que hace poco se animó a escribirlo, ¡a registrarlo en palabra escrita! a decirlo públicamente, y le tiraron con baldes y baldes de insultos. Corinne Maier, madre de dos hijos, escribió el bestseller “No kids. 40 razones para no tener hijos” la mayoría la trató como si fuera una alienígena de dos cabezas y por supuesto salieron las psicólogas iluminadas a especular sobre el dolor que habrán sentido los dos hijos adolescentes de Corinne Maier al saber que su madre escribía semejantes aberraciones sobre su maternidad. ¡Cuánto trauma habrán sufrido esos chicos, qué horrible! Otra vez le erran las psicólogas. Los hijos adolescentes ni siquiera leyeron el libro de su madre, cosa perfectamente normal y real. Les chupa un huevo lo que escriba su madre, son adolescentes, tienen sus propia vida.
La repulsión que provocó su libro fue estruendosa, sus dichos provocaron una avalancha homogénea de rechazo. La reacción en cadena fue un perfecto indicador de la fuerza que tiene su contraparte, el dictatorial día de la madre. El día de esa madre que sí puede mostrarse, la madre perfecta que sonríe tiernamente a sus hijos, la que cultivan los avisos publicitarios, la que conviene. Y en su día, ¡cuánta ternura! se celebra la zafra comercial más importante del año.









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